Ya no puedo creerte. Mientras la piel te aguarda como noches en mayo, las velas se entristecen y los pies van descalzos. Los libros se llenan de polvo, de tierra, de las voces que tú como autor les diste mientras yo te abrazaba. Y a su vez, entre la página 33 y la 34, un alto al fuego limita mi garganta.
No es un cuchillo. No es un lazo. Es una soga que aprieta esperando el verano. Es un columpio entre el fuego de los niños en brazos, y un balanceo en la noche de los sueños robados. Mi cuello, entre dos palos, se limita a estirarse en vano; largo e inútil, sutilmente aniquilado, esperando a que el relato le calme su mal trago.

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